El martes casi me matan. Casi me matan por robarme el auto, bueno, o casi me matan porque a alguien se le ocurrió que puede matar a otro alguien porque no había nadie cuidando la calle y porque no pasa nada.
El martes a la noche noche un tipo estaciona en la mitad de la calle, se baja del auto con un arma, se tira encima de mi auto violentamente y me apunta con un revolver, le digo que le doy todo, que se lleve lo que quiera, que le daba el auto, y no me responde, viene corriendo hacia mi puerta, me doy cuenta que tenía mi auto en marcha, tanteo el acelerador y sin pensar doy marcha atrás unos cuantos metros, el ladrón se quiere tirar arriba del capot mientras yo iba hacia atrás pero trastabilla y cae al piso por su inercia. Hago contramano unos 50 metros agachado para evitar que si tirara me diera en la cabeza y logré escapar.
Pensé que me mataban. Pensé que me moría. No pensé en la reacción, y por suerte estoy vivo. A partir de ese día, todo me parece insignificante al lado de darme cuenta que en Argentina a uno pueden matarlo en cualquier momento, no importa nada. No importa quien sos, qué hacés, cómo te llamás, si das lo que te piden o no. Da todo igual.
Esto sucedió dentro de la Ciudad de Buenos Aires, pero podría haber sucedido en cualquier lado, no había policías en la zona, y cuando llamé al 911 para hacer la denuncia telefónicamente me dijeron que tenía que ir a la comisaría. No, no tengo tiempo de ir hasta allá, no quiero ir, y no pude hacerla por teléfono la denuncia. (O sea, puedo pedir un exámen de ADN a Irlanda a través de Internet pero no puedo hacer una denuncia a la policía del barrio.)
Me preocupa que no haya leyes, me preocupa que nadie nos cuide, que las leyes no se cumplan, me preocupa y mucho.
Ojalá las injusticias quedaran ahí, pero el tema continúa.
Lo realmente triste y lamentable, es que uno de mis planes es crear, ampliar y desarrollar una institución educativa dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Triste y lamentable porque esto sucede en Buenos Aires, quizás si estuviera en otra ciudad del mundo, lo que voy a contar ahora, no sucedería.
Entonces llamé. Llamé a nuestro Ministerio de Educación para pedirles crédito, para solicitarles financiación, quiero educar niños, adolescentes y adultos y necesito que me ayuden en esa labor. No quiero que me regalen dinero, sólo quiero que me presten cash y que luego se los devuelvo, que me cobren, que propongan una tasa y si los números dan, lo encaramos.
Llamé a los dos Ministerios de Educación. Al de la Nación y al de la Ciudad.
En el Ministerio de la Nación me dijeron que como el proyecto se desarrollaría en la Ciudad de Buenos Aires, entonces no podían ayudarme, que tenía que hablar con Ciudad. Entonces les pregunté que si la Ciudad de Buenos Aires no estaba dentro de la Nación, entonces para qué uno paga impuestos a Nación? Me siguieron diciendo que “hable con Ciudad”.
Llamé al Ministerio de Educación de la Ciudad, y básicamente… cómo decirlo? me derivaron a una operadora que nunca me atendió, sino que me cortó el teléfono las 3 veces que llamé.
En el Banco Ciudad y en el Banco Nación los créditos para nuevos emprendimientos piden que el emprendedor no tenga más de 24 meses como emprendedor. Y salvo esa línea de créditos no existe otra para poder aplicar.
Tampoco existen líneas de crédito puntuales para educación.
El martes casi me pegan un tiro en la cabeza. El miércoles busco financiación en el Estado Nacional y el Estado de la Ciudad. Uno se lava las manos y el otro me corta el teléfono.
Es preocupante, no hace falta tener un MBA hecho para darse cuenta que a menor educación habrá posibilidades de un mayor índice de delincuencia.
La moraleja.
Es más fácil salir a robar a mano armada, porque queda impune y ni siquiera hay estadísticas, que pedirle ayuda al estado (tanto nacional como de la ciudad) para educar y calificar los recursos humanos del país.
Y el círculo vicioso continúa… sin educación, mayor delincuencia, mayor delincuencia, menor educación.
Me quedé bastante preocupado. ¿Qué hacemos?